17.8.06

Rosario elige

maluenda
Cuando era chica (sí, antes era todavía más chica que ahora), solía ver harta televisión. La cosa es que los viernes en la noche daban en “telecentro” (recuerden que estamos en Ecuador), un programa de lo más tandero. De partida el canal era guayaquileño, todo lo que es tropicumbia bailable 24 horas al día. Más ordinario que la teleferia. Y de llegada no sé qué banana-executive le dio a un tal “Polo Baquerizo” la franja estelar.
El Polo era un flacuchento esmirriado que conducía “Haga negocio conmigo”, la versión criolla de “Sáquele partido a su dinero”. Hay que decirlo, el programa entero era nefasto, todo lo que es bazofia. Pero había una sección que yo podía esperar por horas: cuando Polo bailaba una canción inventada por él mismo. Bella Catalina, mi nana de entonces, y yo, gozábamos como chancho en el barro con la demostración de talento del famélico conductor. “Ya jabibe ya yuné” (perdón si ofendo al mundo árabe), versaba la letra de su excelsa tonada, mientras él movía sus presas y pegaba psicodélicos saltitos. Simplemente su meneo era de antología.
Gracias a que encontré una noticia con las 3 décadas al aire de Haga negocio conmigo, me puse a pensar en los grandes programas de tv que he visto. Y pucha que he visto tele… Por eso, he aquí un compendio.
Si vamos a hablar de televisión de calidad, creo que tengo que partir por Nubeluz. Nunca en la historia de la televisión se había visto una dupla tan dinámica y chispeante como la de Almendra Golmesky y Mónica Santa María. Nunca se había conocido misterio tal como el del contenido de los conitos para los vencedores, una generación completa debe estar marcada por semejante secreto. Y demás está decir, jamás nunca la televisión había oído música de cámara como la de las hermosas tonadas que vociferaban. Es más, yo no sé cómo al gobierno no se le ha ocurrido implementar la letra de “papi papi papi deja de fumar” en las cajas de cigarros. Sería un acierto mediático sin par.
Si seguimos avanzando cronológicamente lo siguiente que viene a mi memoria es Juanito la Rivera, ya sea en su éxito Supermarket o animando el festival del huaso de Olmué. Es que en realidad, cualquier programa animado por Juanito estaba marcado con la estrellita de la gloria. Si hubiese animado el tiempo, o la moda al día (un tributo a Beatriz Vicencio y place Vendome), cualquiera de esos micro espacios habría reventado en rating. Vértigo habría sido verdaderamente extremo con este hombre en el arte de la conducción. Más aún, qué me dicen si lo hubiese acompañado Enrique Maluenda? No me despegan nunca más de la tele.
Bueno, de la misma época de Juanito, son el Pollo Fuentes y Julito Videla. Con “Éxito”, y “Acompáñeme” hacían que almorzar con la tele apagada fuera simplemente un sacrilegio. Prefería el ayuno a no ver las ampolletitas titilantes del show del Pollo Fuentes. Qué bellos tiempos aquellos…
Y yo me pregunto, cómo la tele derrochó tanto talento teniendo a estas tres estrellas al aire al mismo tiempo? Si a esto se le agrega el incomparable Video loco de los tiempos de Jorge Zabaleta y Savka Pollack o el sinpar MA-RA-VI-LLOZO, de Javier Miranda y la Yoya Martínez, tenemos de resultado una verdadera televisión de servicio público. O sea, si alguien tenía cable en esa época simplemente era un traidor a la patria. Porque, las cosas como son, ¿qué era la BBC al lado de esta parrilla programática? Nada!
Y eso que todavía no llegamos al tan tan notable Sábado Gigante (al cual ya le dediqué un post anterior). En realidad, ahora me doy cuenta que en algún minuto tuvimos una televisión opulenta. Con don Francis cambiándose de gorrito entre cantante y cantante. O cantando Otto Krauss. Como diría mi abuela: un lujo asiático.
Después de este tributo a los caídos, creo que me toca mencionar los más notables Talk shows que he visto. Partiendo por Christina, la rucía teñida que según creo inició el género. Y luego? Bueno Laura en América, la Doctora Polo, El diario de Eva, Mónica y tantos otros. La frase “Señolita, es que este señol se ha llevado mi baby, la visa y los dólare”, de una tensión dramática única, para mi gusto debiera estar incluida en el himno nacional. Mal que mal, si ya sacaron un párrafo, qué importa meter otro? No don Eusebio?
Y si paseamos por la televisión de los últimos tiempos, no puedo abstenerme de comentar Protagonistas de la Fama. Lejos, pero lejos la escena que más me ha hecho reír en la televisión chilena es aquella de Francesca gritando desde el balcón: Gomeo Gomeo, dónde estás que no te veo? al sin igual Chicho. Esa Francesca de verdad que tenía gracia. El Canal 13 debió haberle firmado un contrato indefinido apenas salió del reality. Si me preguntan, yo la habría puesto de conductora de Teletrece. Canal 13, quizás todavía les resulta…, les cedo mi idea.
Me quedan programas notables en el tintero. Y éxitos inigualables como la Vicky y la Gaby, Yerko, Venga Conmigo (y esos emotivos reencuentros familiares), todos los de Paulina Nin, todos los de César Antonio Santis, las noticias con Cecilia Serrano o Sal y pimienta con Vodanovic. PEro este recuento no sería nada si no menciono a Los Venegas. Esa familia chilena que nos conquistó el corazón. Vítores, Albricias y parabienes a ellos. Sobre todo al Pink y al Compadre Moncho: el personaje televisivo con más prestancia que jamás se haya visto. Si yo pudiera pedir un deseo pa mi cumpleaños, sería simplemente salir en un capítulo de los Venegas. Más ahora que van a hacer su película… (gracias Chani por la noticia).

14.8.06

Los toquetones

elmyra2

Digamos que la Paz, una niñita que veo poco, pero con la que me rio mucho, cada vez que me la encuentro clama por salir en mi blog. Yo sé que es su deseo oculto (ni tan oculto en realidad…), así es que Paz, agárrate que hoy serás la protagonista.
Resulta que hace poco nos topamos en un cumpleaños y en medio de una hiperventilada cháchara (bash) empezamos a teorizar de lo humano y lo divino. Dentro de los variados e interesantes temas a tratar, saltó a la palestra el ya clásico comentario sobre la gente toquetona. Esa gente que te ve y te estruja. Te abraza como si fueras un mugriento oso de peluche. Esa gente que por caer en gracia te hace sentir todo TODO su afecto y te rodea con toda su gran humanidad. Esa gente que para saber cómo estás necesita hacerte cariño en un brazo o agarrarte las manitos (que inmediatamente empieza a transpirar como caballo de bandido). ¿Será necesario? me pregunto.
Bueno, gente así hay por doquier. Es más, probablemente usted querido lector sea uno de ellos. Porque la gente toquetona es absolutamente democrática, o sea, las hay de todas las edades y clases sociales. Yo las he visto en lo más singulares lugares y en todos ellos me han hecho sentir incómodamente invadida. Sin ir más lejos, uno de mis tíos es así de afectuoso. Mi doctor de la patita también. Cada vez que entro a su oficina el titán de 2 metros me recibe con un abrazo cual Elvira de los Tiny toons y yo no tengo otra cosa que hacer que permanecer ahí, impávida, con una cínica sonrisita, esperando que Golliat se digne a soltar mi pequeña humanidad.
Pero volvamos a la Paz. La cosa es que la lola, en una interesante teoría, planteó con radicalidad que los abrazos debieran estar permitidos solamente para consolar a la gente. En otras palabras, uno sólo podría abrazar a otra persona si está llorando. Y por Dios que igual es incómodo, agregó insensible la cabra. De todas maneras, chita que me gusta su conclusión. Nunca falta el mamón que me sale con que “no hay cosa más mágica que un abrazo”. Y yo a esa gente le pido cordura y sobriedad. Si tanto les gustan los abrazos búsquense gente igual de abrazona. Y no perturben la psiquis de personas como la Paz, o yo, que disfrutamos en exceso el respeto a nuestro perímetro cuadrado.
En todo caso, a pesar de las innumerables veces en las que he tratado de frenar los estímulos de otras almas eso no siempre ha resultado. Aquí un par de nimios ejemplos.
El primero de estos casos se sitúa en la siempre folclórica locomoción colectiva. Subí yo con agilidad a un microbús en dirección a mi casa habitación. Amablemente le deposité las moneditas del pasaje al micrero en su regordeta manito y el patudo chofer, mirándome con ojos de gacela, no encontró nada mejor que envolver todos y cada uno de mis pulcros deditos con su manota. Qué quieren que les diga, me sentí violada. ¡Y en público!
Pero el señor chofer de aquella invasora 428 no es nada en comparación con una compañerita pontificia. Vamos a omitir su nombre para que nadie se sienta aludido. Resulta que lola, desde primer año, cada día de su pútrida vida me abrazó con esfuerzo cada vez que tenía que saludarme. Claro, no tenía ninguna intención oscura detrás (eso espero!), pero igual, cada vez que la veía venir yo temía por mi humanidad, mi permanente, y cualquier objeto frágil que por desgracia estuviese posado en mi mochila.
Ahora, si estamos en terrenos pontificios, hay otro personaje que es aún más incomodador. Resulta que desde hace tiempo soy amiguita de uno de los guardias de la universidad. Lo saludo, le converso y él también me saluda y me conversa. Hasta ahí todo wendy. El problema es que cada vez que me tiene que saludar el amable señor me agarra mi carita con sus manos y me da un beso rechupeteado (en el cachete of course). Ni les cuento cómo y cuánto temí por mi vida cuando un día me vio llorando. Después de eso, creo que puedo resistir cualquier embate de cariño.
Pero bueno, lo importante es que en pocos días celebraré mi feliz natalicio. Y de sólo pensar lo que debo haber sufrido el primer 25 de agosto pasando por las insanas manos de hordas de doctores, parientes y demases me da tiritón. Ni hablar del sinnúmero de carnosas bocas que deben haber dejado caer sus sebosos ósculos sobre mi. Qué miseria más grande! Por eso le solicito a todos y cada uno de los que me saluden aquel día que se conformen con un caluroso apretón de manos y todos tan amigos como siempre. Simplemente sería el mejor regalo. Y para los chistocitos, esto no es un tema para la risa, estamos hablando de un trauma radicado en mi más tierna infancia. Así es que el que me abrace este 25 que no se extrañe si después encuentra su nombre en alguna denuncia por acoso sexual. He dicho.

4.8.06

Al rojo vivo

quintanilla
Si mis lectores tienen buena memoria recordarán el caluroso encuentro que viví hace algunos meses junto al prócer de la patria Sr. Patricio Laguna. Ya es de conocimiento nacional el trato afectuoso que el musculoso galán tuvo para con mi alma. Pero aunque en su momento fue polémico, lo de Pato es una alpargata vieja al lado del fenómeno farandulero del que fui parte la otra noche.
Resulta que mi amiga Pepita (cambiaré su nombre por motivos de alta seguridad), toca con maestría un particular instrumento musical, para disimular supongamos que es el corno inglés. Su talento es tal que recibió una jugosa invitación: una de las cantantes de Rojo necesitaba músicos de fondo, por lo que ella y su corno inglés se deberían inmolar por la causa y aparecer en todo lo que es TVN. Para no olvidar sus orígenes menos estelares, Pepita solicitó la compañía de su hermana mayor (Juanita) y la de esta servidora. Fue así como las tres partimos rumbo al mítico teatro Caupolicán.
La invitación sonaba tentadora, podríamos meternos de coladas al público y veríamos a todo ese selecto Jet Set carmín a cosa de centímetros. La única condición era que Juanita y yo tendríamos que vestirnos de negro y portar un ficticio instrumento para sortear los trámites de la entrada. Obediente, partí de negro y con un estuche de violín al escenario televisivo. Una vez adentro comenzó el espectáculo. La Pepita nos llevó hasta su camarín (sí, Pepita y otros músicos tenían su propio camarín) y fue ahí donde partió el desfile. Echaditos en unos sillones de cuerina, con garbo y clase figuraban Juan Daví Rodríguez y Claudio Puebla. A esos los cachaba porque eran más antiguos.
A las que no conocía era a la serie de lolitas que caminaban distinguidas con unas ceñidas botitas rojas sobre la rodilla. Además del preciado botín, las púberes lucían un trapito amarrado a la cintura, que, tal como confidenció una, les provocarían ciertos problemas a la hora de agacharse. Como la tenida era quizás demasiado sobria, no dudaron en combinar el blanco trapito con un bikini rojo brillante en la parte superior, muy casual. Y para no pasar frío, hábilmente se pusieron encima blancas camisetitas de panty, rotas (las camisetitas) al mejor estilo Gloria Trevi. En fin, unos pimpollos. Ingenuas ellas, preguntaban cómo se veían, mientras se echaban laca en sus contorneadas figuras para sujetar cualquier rollito travieso (y de que los había, los había, nada de que la tele engorda…).
Mientras estas pseudo “paquitas criollas” se pintaban y peinaban (con grandes rulos, por supuesto), las verdaderas estrellas empezaron a llegar. Y ahí, al frente mío, estaba Maura, detrás claro está, de los 5 kilos de pintura morada que lucían sus párpados. Harto más regia se veía su archienemiga Yamna Lobos, claro que algo me hizo pensar que su segundo apellido es Frei, será su sonrisa?. Pablo Vargas es chiquitín, y hasta quitadito de bulla en comparación al resto de la fauna que vi. Mario y Leandro conversaban cocorocos, mientras veían el monitor. Y Fernando Ubiergo, extasiado al máximo por participar como jurado en tan noble certamen, daba tímidos pasitos y una que otra sonrisita malula. Nada que ver con Coloma, que llegó muy enfundado en un largo abrigo negro, a lo Dr. Octopus (Spiderman II).
Hasta que empezó el show. Entonces apareció Rodrigo Díaz. Dicen que también estaba su academia, pero yo no la vi. En realidad, con la Juanita estábamos más preocupadas de que la cámara del backstage por ningún motivo nos enfocara. Y en eso el Rorro baja del escenario. Yo no sé si se usa, pero el joven, en afán de galantería hacia una periodista (gracias a Dios no era yo), se metió las manos al bolsillo. Hasta ahí nada particular, no? La cosa es que sus pantalones rojo pasión le quedaban un tanto sueltitos. Por lo que meterse las manitos en los bolsillos era sinónimo de mostrarle sus negros churrines a la reportera. Repito, sus negros churrines. Enteritos. Nada de dejar ver con cierta “sofisticación” el elástico rojo nomás. NO! Vi la totalidad del “slip” (perdón por usar la palabra, no me resistí) marca Calvin Klein.
En fin, después vinieron las bailarinas, que muy pudorosas se cambiaban de ropa en un gran salón común. Si fuese más avispada habría corrido la delgada cortinita que nos separaba y Lun habría tenido la foto del año. Pero bueno, no atiné. Otra papita que debí haberle vendido a LUN, fue la de la dulce María José Quintanilla. Tierna ella, que arriba del escenario lloraba por su papá enfermo. Pero claro, una vez que se bajó, se puso una mini dorada bastante cortita y la combinó con unos tacos de lo más puntudos. Y como eso no le bastaba, le armó la de zamba canuta al productor (oren por el mártir Jorge) porque alguien le robó su celular. Portazos iban, portazos venían y la Coté marchaba cual si fuera parada militar alegando contra “los winners”.
En resumen, la tele es una farsa. Todo es arreglado, todo es de mentira, los vestidos son trapitos, la gente amorosa es un demonio en los pasillos, la gente linda es gente fea producida, los que cantan doblan y los músicos que tocan… también. O no Pepita?