20.5.06

Fashion emergency

Hace unos años ya, mi madre fue de visita a ecuador a recordar los viejos tiempos. Junto a mis hermanos esperábamos ansiosos el día en que Pattyjelen llegara a Chile cargada de onerosos presentes. Hasta que, cual infante esperando a Noel, llegó el momento (llegó el momento).
De partida la maleta venía llena con delicias gurmé ecuatorianas que hace años no comíamos. Pattyjelen se embaló y nos colmó de “Cachitos”, “Choquilla” y “Chifles” algo así como “fonzis”, nutella y plátano frito. Hasta ahí ni huella de mi perfume, de mi compact, de mis polleritas, de mis chalecos ni de las postales que tan feliz me habrían hecho. Entonces la mamá me dijo: “Tosquita, ojalá que le guste”. Y mientras cruzaba mis fruncidos deditos salta a la vista un diseño de antología. Mi madre había ido a ecuador y lo único que me había traído era un PIJAMA. Ustedes, instruidos lectores, sabrán que el algodón ecuatoriano es especialmente bueno y dirán ¡qué suerte la de la rosario! Pues bueno, el pijama era horrible, pero de buena calidad. O sea, estaba obligada a usarlo de por vida. Es más, casi podía verme en mi fúnebre féretro portando el modelito. La gente se acercaría al ataúd (los sapos nunca faltan), llorando por mi partida y al verme enfundada en semejante trajecito llorarían con auténtico dolor. Y rogarían mi inmediata cremación.
Pero el pijama con siúticas flores moradas, damasco y verde agua está lejos de ser la única prenda de mal gusto que estos huesitos (con carne) han lucido.
Desde pequeña, mi madre me compraba arrebatos de la moda que yo luego usaría día a día. Con un sentido único del buen gusto, y gracias a mi poderosa insistencia, Patricia en mis años mozos me compró dos pares de patas. Una, morada, ¡linda! y con piñitas verdes. La otra, con motivos de zebra, azul con blanco. Ah!, azul eléctrico.
El par de suntuosas prendas se convirtieron en mis regalonas. No había día que no fuera al colegio sin mis patitas estrambóticas debajo del uniforme. Alabado sea Dios que nunca me atropellaron y nadie se enteró de la existencia de semejante siutiquería.
Otra horrenda prenda que utilicé por años, fue justamente mi uniforme escolar ecuatoriano. Porque si yo tuviera un colegio, y me quisiera fregar a las niñitas, las haría lucir el modelito que yo porté por unos cuantos semestres. El chaleco azul y la polera blanca eran de lo más estándar. Los calcetines azules y los zapatos negros también. Ahora, por pollerita usaba un género que hasta de trapero se hubiese visto feíto. El trapo era azul, a cuadritos, combinado con un elegante tono MOSTAZA. Lo bueno es que si te caía cualquier sustancia asquerosa en la pollera no se notaba. Pero como para darle más glamour al uniforme nos obligaban a ponernos un psicodélico “mandil” (delantal) en tono amarrillo eléctrico. Dior, sacúdete en tu cripta. Ahora, si le quieren agregar que mi nombre en el delantal estaba bordado con letras rojas, que usaba un cintillo de terciopelo burdeo y que mi mochila, por largo tiempo fue verde, tienen a la mejor imitación de la Tía Sonia en sus años escolares.
Ahora viene el ítem “trajes de gala” encabezado por el repollo que usé para mi primera comunión. Si alguien no se imagina cómo me vería de novia, que venga a mi casa y observe una de las tantas fotos del día en que recibí al “Tatita Dios”. ¡Larga vida al merengue! ¡Y a la diseñadora del sentador atuendo!
Pero no contenta con lucirme en mi primera Comunión, también quise mostrar mis atributos en las primeras comuniones de mis hermanos. En la del “Palito”, por ser, usé un lindo repollo, esta vez tirando para el morado, con un enorme rosetón en frente. EL peinado lengüetazo de vaca también fue exclusivo para esa ceremonia. Debo haber sido la niña más primorosa del día.
Para la de Gonzalo, en cambio, opté por una tenida más sobria. Para no opacar a mi hermano. El vestido: era una solerita estampada con flores. Encima mi madre me calzó una chaqueta café que complementé graciosamente con unos zapatitos de taco del mismo tono. Toda una princesita.
Tenidas que no debí haber usado hay por doquier. Siempre está la horrenda jardinera que me puse cuando nació la Cote y que enloda todo tipo de acierto fotográfico de la pequeña criatura. También las tétricas poleras cítricas con caritas felices y florcitas verde limón y naranjas. Recuerdo incluso haberlas usado bajo la jardinera!!! También están las típicas poleras estampadas con un gran mickey mouse o con frases del tipo “Yo amo ecuador” o “born to be wild”. Las mismas que Coni Hola luce hasta el día de hoy. No Cono?
Pero no contenta con haber echado a perder mi imagen en las tierras del Ecuador, sentí el imperioso anhelo de externalizar mi carrera de mal gusto. Partíamos de vacaciones a Estados Unidos y yo tenía que adquirir algún tipo de short para lucir frente a Mickey Mouse. La oferta en Ecuador no era muy amplia, por lo que mi madre se las tuvo que ingeniar. Hasta que en una tienda encontramos “shorts” bien bonitos, con los más lindos estampados. Aunque venían en tonos más bien masculinos, seguían siendo idóneos para ser combinados con las poleritas coléricas. ¡Y cómo no iban a ser masculinos! Si cuando llegué de vuelta del imperio disney mi madre me confidenció que a los chorcitos, el ingenioso vendedor les decía boxers… Fashion emergency why didn’t you help me?

14.5.06

Chorando si foi watanegui consup

Cuando estaba en el colegio, mis recreos los gastaba bailando a lo “chica mayonesa” del extra jóvenes, arriba de la tarima de la sala. Mis compañeras de curso pueden dar fe de semejante asesinato de imagen. Años más tarde, analizando el por qué yo hacía el ridículo de forma gratuita (además del afán por quemar calorías), descubrí que no había en mi una motivación lógica para danzar así, sin media dosis de pudor. Lo que pasaba es que la música me poseía. Tanto, que los compases de la mayonesa me llevaron a hacer el show en un sinnúmero de eventos, incluso en cumpleaños de gente desconocida. Y después dicen que todo tiempo pasado fue mejor…
Pero en fin, centrémonos en la música. Sin duda que la Mayonesa constituye una de las tantas melodías sinfónicas que han deleitado nuestros selectos oídos a lo largo de la historia. Es de esas canciones profundas, que calan en lo más hondo de nuestra alma y nos llevan a cuestionarnos las preguntas más fundamentales de la existencia humana. “Y haciendo palma y arriba y arriba ese coro que arranca y canta y dice, bate que bate…el chocolate…”. Una frase de semejante composición gramatical, de tan perfecta sintaxis, debió ser incluso traducida al portugués para que los verdeamarelhos pudieran deleitarse con esas rimas sonoras. “Bachi que bachi…” rimaba su versión.
Pero así como antaño fue la mayonesa, innumerables temones de agudas letras han plagado las radioemisoras. He aquí un repaso por los grandes hits reflexivos de los últimos tiempos.

El primero de los que debo tener memoria es la Lambada, esa canción pegote que uno danzaba como si estuviese en la más urgente necesidad de visitar las casitas. Esa que hacía que la morenaza del video se contorneara con una facilidad envidiable y que debe haber dejado en ridículo a cuanto imitador pululaba por las pistas de baile. Si alguien cantó con frenesí la letra completa del “chorando si foi” en perfecto lusitano, que me lo haga saber. Larga vida a la Lambada. Post aparte merecen las albas tenidas de todos los tripulantes de la embarcación del “clip”.

El segundo megahit de profundas reminiscencias es la bucólica Sopa de Caracol. El que crea que en la actualidad el mundo va en picada, está totalmente equivocado. La humanidad tocó fondo alrededor de los 90 cuando además de contonearse con La Lambada vociferaban vocablos como el sabrosísimo “Watanegui consup, Wuli wani wanaga”. Jupe, jupe. Ahora, las dos canciones juntas en un matrimonio deben haber hecho dinamita. Si se le agregan los jopos capilares y las pompas textiles, se produce una zambacanuta sin par. Si algún día me caso, prometo que después del galeón español, pongo juntas la sopa de caracol y la lambada. Creo que acabo de espantar a cualquier posible candidato.

El tercer temón de profundas letras es la Macarena. Pobre las cabras que en aquella época llevaban por nombre el pegote estribillo del tema. Debe haber sido como llamarse César en el mejor momento de 31 minutos. Pero bue, como ya acoté que Pattyjelen danzaba la Macarena a cambio de cerveza, sólo puedo agregar que a la hora de hacer el saltito, ella siempre caía para el otro lado. En cuanto a la letra, es de culto el “Macarena tiene un novio que se llama, que se llama de apellido Victorino, y en la jura que bandera del muchacho se la vio con dos amigos”. Me evoca a mi propia jura de bandera… bueno, a los respetos que le presenté a la bandera ecuatoriana, el día en que mis compañeras sí juraron. Costumbres del norte.

Como con esto de la música uno pierde las dimensiones del tiempo no sé a qué época corresponden con precisión. Pero de que lo suyo es una volada metafisica espiritual no cabe duda. No pudo estar hablando de otros que de los afeminados “Locomía” con su insondable “locobox” ¡Rumba zamba mambo! Métale traje brilloso y morado, métale voz cafichona (voz de barry white para los más seniles), doble la manito y tienen a todo un locomía. El abanico se vende por separado.

Ahora, ya de lleno en nuestra época, hay que hacer mención a los próceres de la era: Daniel Luna y su besito Cachichurris, las Ketchup y su Aserejé, Christell y su Mueve el ombligo, Cuentos de la Cripta y su Gato Volador y, cómo no, Axé Bahía y TODAS SUS CANCIONES.

Cualquier otro hit que los haya hecho cavilar siempre es bienvenido. El Sau Sau no cuenta porque es burlarse del pascuense que todos llevamos dentro. O no Chico Zaldivar?


1.5.06

La esperanza, ¿lo último que se pierde?

Parafraseando a la excelsa Hannah Arendt, es el ocio el que permite la reflexión. Justamente fue en un día de ocio, cuando con mi amiguita Chani empezamos a reflexionar sobre el popular dicho que plantea la siguiente afirmación: “la esperanza es lo último que se pierde”. Caracterizadas por nuestro profesionalismo y labia, Daniela (Chani es muy poco académico) y yo, pusimos en jaque semejante juicio, llegando a conclusiones impensadas.
A modo de resumen: la esperanza, en definitiva, NO es y nunca será lo último que se pierde. Veamos el esquema estructural que con la mentada investigadora planteamos.

La problemática originada por la afirmación, alude a lo último que se pierde. Pero para poder llegar al último término, primero hay que inspeccionar la periferia de la teoría. Es así como llegamos a acotar que lo que primero se pierde SIEMPRE es la DIGNIDAD. Los hombres lo habrán notado en las noches de alcohol. Las mujeres, cuando sus frágiles y endebles cuerpecitos (claramente no el mío) han rodado con poca gracia por las escaleras. Cualquier dama que haya perdido el equilibrio en una escalera pública, sabrá y servirá de testigo fehaciente de que la dignidad es lo primero que se pierde. Y pucha que cuesta recuperarla (mal que mal, no será corto el periodo en que sus amigos le recuerden semejante papelón, una vida si cayó con las patitas separadas).
Una vez aclarada la primera disyuntiva, podemos expresar que es el turno de la esperanza. Esta expresión suponemos no merece análisis, en tanto en cuanto, es manejada por hordas de generaciones (no confundir con gordas degeneraciones).
Pero lo novedoso de la teoría viene recién aquí. Qué se pierde después de la esperanza?

Dada la fascinación por los alimentos (no necesariamente sanos y balanceados) con Daniela hemos querido sugerir que el APETITO se pierde después que la esperanza. Reafirmamos el caso con el siguiente ejemplo. Julito cuenta con la ESPERANZA de que no reprobará su ramo. Recibe la llamada de Susanita quien le confirma que su calificación es igual y no superior a 3,94. Julito se desanima, perdió la ESPERANZA. Pero Susanita lo invita a comer para pasar las penas. De nuestro marco conceptual se desprende que Julito siempre aceptará dicha invitación. ¿Por qué? Porque el apetito se pierde después que la esperanza.

El ejemplo anterior nos sirve para ilustrar la siguiente categoría. Porque después del APETITO, hay un nivel más. En otro términos hay un elemento que perdura más que la DIGNIDAD, más que la ESPERANZA, y ciertamente más que el APETITO. Este elemento es la IGNORANCIA. En un primer momento pensamos que este ítem era lo último que se pierde. Pero la afirmación fue apresurada. Sí, llegamos al consenso de que es muy difícil perder la IGNORANCIA. Es más, hay gente que con gracia la mantiene por toda su vida (un salud por esas almas perseverantes!). Pero volviendo al caso de Julito: él perdió la Dignidad (al ir a llorarle al profesor que le subiera la nota); perdió la Esperanza (se echó el ramo); perdió el apetito (comió todo lo que Susanita pudo costear) pero aún así sigue siendo ignorante (todavía no maneja las materias de su ramo).

Ahora, Julito es ignorante. En una conversación, sus padres parlotean sobre el drama en Chechenia (ver Bridget Jones) y Julito no tiene comentario alguno que realizar. ¡Claro! Julito es ignorante. Pero él aún tiene una salida!! Y ésta es tomárselo con humor. Por ende el escalafón pasa a ser engrosado por la indefectible herramienta que tanto pregonaba Patch Adams: la risa. Mal que mal el esquema se aplica a la perfección en su caso. Su enfermos podían ser poco DIGNOS (las batitas de los hospitales suelen serlo); podían haber perdido la ESPERANZA de salir bien parados de la clínica; las jaleas y las sopitas los habían hecho perder el APETITO y probablemente todos IGNORABAN su cuadro médico (tuve un flashback: “rosario, te vamos a realizar una artroscopia”. “Comprendo doctor”). Pero cuando los pacienteS de Patch creían que todo estaba perdido, llegaba el payasito a reírse con ellos. Conmovedora escena: El humor es lo antepenúltimo que se pierde.
Para aquellos optimistas que creían que el humor puede salvar el mundo, nuestro siguiente escalafón puede tirar su teoría por la borda. Mal que mal, hay un factor que supera al humor y que prácticamente lo supera todo: LA LATA.
Hace años con Daniela planteamos “la teoría de la lata”. En ella esbozábamos que la lata lo supera todo. Por ejemplo. Julito tiene hambre y debe ir a la cocina para obtener su emparedado de pepinillos. Si a Julito le da lata ir a la cocina, lo más probable es que no se desplace en lo absoluto en pos de su sándwich. Otro caso, si Susanita tiene que estudiar para vencer así su ignorancia y le viene la lata, lo más probable es que Susanita persista en su ignorancia y se quede dormida. ¡No la blasfemen! Simplemente le dio lata.
Veamos el esquema C. Cómo la lata supera el humor. Julito se sabe un buen chiste, aunque en realidad es bastante largo. Julito se dispone a compartir el chiste con Susanita, pero se da cuenta que es muy largo y le da lata contarlo. Lo más probable es que Julito se abstenga de decir “Susanita, te cuento un chiste?” simplemente por lata (cuantas veces ustedes lectores no se han visto en aquella disyuntiva?).
Pero bueno, hay algo que todavía es más difícil de perder y que constituye el último eslabón en nuestra cadena de “lo último”. Y ello es “El rollito de pan”.
Grafiquémoslo primero a modo de caricatura. En capítulos anteriores Julito, un niño rollizo, perdió la dignidad, la esperanza, el apetito, la ignorancia, y el humor. Todavía tenía lata, pero decidió salir adelante y hacer ejercicio. Su figura era poco agraciada, adiposa y robusta. Un rollito panero lo hacía poco atractivo a los ojos de Susanita. Julito venció la lata medular que le producía hacer abdominales. El hombre se esforzó, perseveró, transpiró, sufrió y casi desfalleció. Cuando Julito, luego de tan magnificente esfuerzo llegó al baño de su casa, se levantó la polera y vio… que aquel bastardo rollito panero seguía ahí. Fue entonces cuando Julito se dio cuenta que “el rollito de pan es lo último que se pierde”.

PD: A José Andrés, asiduo lector, quien ciertamente aún no ha perdido su rollito panero.