7.12.06

Ella trabajaba en Torres Gemelas

A pesar de que consiste en un aporte externo (gracias JP), me vi en la obligación de darle a este video el lugar que merece. "Delfín hasta el fin" es el vate de nuestros tiempos. Es el Dante de nuestra era. El aguerrido rapsoda que se inserta en el dolor para generar aún más dolor. Un video que clama por la inmortalidad y ¡desde la mitad del mundo! Qué más se puede pedir? AY Dios!!!!!!!!!!!

PD: La letra es de un nivel técnico insuperable. Ni hablar de su histrionismo.

5.12.06

Marchelo

Ayer surcábamos junto a mi madre y mi padre las callecitas de Providencia, cuando Elena (otrora Pattyjelen) me conminó a realizar un acto de grandeza: escribir sobre Marchelo, mi progenitor. Y en realidad me pareció tentador. Porque mal que mal, el cano y justo varón me ha sabido heredar todo lo que un buen padre le hereda a su descendencia: un léxico insufrible lleno de arcaísmos y términos rebuscados, virtudes demodé y una curiosa afición por el aseo.
Pero partamos por el principio. Andrés Marcelo es el hijo mayor de Luis y Olga primera. Pero además es el nueve años mayor cónyuge de Elena. La abrupta diferencia de edad entre ambos hace que el caballero luzca un tanto añoso al lado de la siempre jovial Helen. Ahora, si consideramos que Marcelo tiene todo el pelo blanco desde los 25 años, entenderemos por qué a Gonzalo (mi hmno), en su más tierna infancia sus compañeritos de jardín le preguntaban por qué todos los días lo iba a dejar su abuelito. Tampoco es de extrañar entonces, que en mis fotitos de recién nacida, aparezca yo, rosadita y frágil, junto a mi madre también rosadita y nada de frágil y atrás un canoso caballero, alias, mi padre.
Marchelo es cuadrado y anticuado. Es de esos que habla de lo más formal y saluda de quiubo al joven que te pasa a buscar. Si el mancebo lo pilla lavando los platos, no encontrará nada mejor que extenderle su peludo antebrazo en señal de saludo. Y si por esas inescrutables e infortunadas razones del destino ambos entablan una conversación, habrá que hacer una manda para que a mi padre no se le salgan frasecitas dignas de anticuario como “estate atento” o “el Supremo Hacedor” (refiriéndose al Magnánimo). Ni hablar de palabras chulas por definición, que el caballero, en pro de la corrección, usa a diario. “Patty, la comida te quedó sabrosa”, es pan de cada día en el léxico de mi padre. Y cómo olvidar sus otrora clásicas despertadas, en las que vociferaba a todo lo que da un sutil “niños, despiértense, llegó la aurora”. No es de extrañar entonces que el senil se escandalice cada vez que Gonzalo dice “groserías”. Si al pobre cabro se le sale un Pamela Diaz, Marchelo no dudará en replicar “¿Qué es eso, Gonzalo?” y métale coscacho.
Marchelo es de esos que llega siempre media hora antes a cualquier evento, no vaya a pasar por impuntual. Ya era tradición en Ecuador que Rosarito Zanetta llegara PRIMERA al colegio Los Pinos. Haciendo incluso que la señora que cuidaba (alias la guachimana, del inglés watch man) saliera con una toalla amarrada en la cabeza a abrir el portón luego de mi frenética insistencia con el timbre. “Rosario, pide que te abran, que vamos a llegar tarde al colegio de los niños (6:15 a.m)”, gritaba desde su móvil mi neurótico padre.
Es ahorrativo, por no decir de frentón cagado. Se come toda la comida en la mesa “para que no se pierda” y cada vez que te compras un pantalón te recuerda que el que tiene puesto tiene 3 años y lo obtuvo en una liquidación de liquidaciones.
Pero igual Marchelo es sensible. Es cosa de recordar el pretérito pudiente en el Ecuador, cuando en su roñoso pijama, Marcelo lloraba con un programa de la Televisión Española (más intolerablemente dulzón que un berlin) y que se trataba de reencuentros familiares. Es irreproducible el momento cuando entraba al estudio la olvidada hija de un añejo matrimonio y Marcelo estallaba en un llanto tal que provocaba el jolgorio familiar.
La que no lo ha pasado nada bien con los lloriqueos, es Pattyjelen. En más de un matrimonio ha tenido que pasar la vergüenza de ver a su consorte romper en llanto cuando ve a la novia entrar a la Iglesia. Da lo mismo si no conoce a la criatura. Marcelo llora. Da lo mismo si no conoce al difunto. Marcelo también llora.
Así es Marchelo. El caballero alto, flaco y buena figura (en sus términos), que desata la lujuria entre las octogenarias cultoras del crochet y fervientes seguidoras de la naftalina. El desconsiderado varón que te llama a las 8 am para preguntarte por la boda de la noche recién pasada (de cajón es el comentario del tipo “Rosaria, así es que tuviste matrimonio?” con tonito inquisidor). El intachable, famélico y longevo especimen que teclea exclusivamente con sus dedos anulares. El siempre cano caballero que limpia con una danzarina todo moho que pueda distinguir. El insólito cónyuge de Pattyjelen, y digno jefe del hogar. Título netamente honorífico, porque me imagino que ya todos saben quién corta el queque. Así es Marchelo. Mi padre.

Marcelo: Tus descargos a mi celular, después de las 12 p.m.